Aliento de vida
Un newsletter a pulmón.
Hola,
Te doy la bienvenida a Smilodon’t, un newsletter que respira, bucea y medita.
La noche anterior me encontró resfriado y respirando por la boca para poder dormir. Hacerlo se siente antinatural, algo así como manejar con la rueda de auxilio por la ruta: te permite llegar a destino una o dos veces, pero definitivamente antes de la tercera uno debería solucionar el problema. Después de todo, respirando por la boca perdemos el filtrado, el calentamiento del aire y la humidificación que la nariz posibilita. El resultado es una garganta de lija al despertar.
No obstante, la lógica se impuso ante mi pensamiento inicial. Aunque la enorme mayoría de los mamíferos son respiradores nasales obligatorios, nosotros no lo somos. ¿No debería tener esto alguna explicación razonable?
Aparentemente, la causa principal es la laringe. Los chimpancés tienen la laringe en una posición alta, algo que les permite tragar y respirar simultáneamente, aunque limita drásticamente la cámara de resonancia (faringe) necesaria para los sonidos del habla humana. En nuestro caso, en cambio, la laringe descendió hace unos cuantos miles de años, liberando la garganta para que la lengua pudiera moverse y crear sonidos complejos. Observando esta relación entre respiración y lenguaje, en la década del ’60, el lingüista Philip Liberman sugirió que la selección natural había favorecido el descenso de la laringe justamente para favorecer el habla, generando como efecto secundario el hecho de que pudiéramos respirar por la boca, algo que (aunque desagradable) me resultó bastante útil la noche anterior.
Este razonamiento, sin embargo, tiene algunos puntos débiles. Respirar por el mismo tracto que utilizamos para comer representa un riesgo increíble. Para que la selección natural haya mantenido ese rasgo, la presión a favor (es decir, la capacidad de hablar) debió haber sido demasiado fuerte como para compensar el peligro de morir atragantados, algo que, a primera vista, no parece probable. Por otro lado, otros animales -como los koalas y los siervos- pueden descender sus laringes momentáneamente para producir sonidos más graves, algo que utilizan para aparentar un mayor tamaño e intimidar a potenciales depredadores. ¿No es lógico suponer que nuestros antepasados pudieron utilizar el mismo mecanismo en un contexto en el que la mayoría de los mamíferos con los que convivían los quintuplicaban en tamaño? Podemos incluso sugerir que nuestra laringe descendió simplemente por la restructuración de nuestro cuerpo a consecuencia del bipedismo, siendo el desarrollo del lenguaje un uso secundario de ello, y no su motivo principal.
Lo importante es que -sin importar cuál haya sido la causa inicial de este descenso de la laringe- su resultado fue la capacidad de respirar tanto por la nariz como por la boca, y esto trajo aparejadas otro tipo de adaptaciones. La boca, después de todo, permite un volumen masivo de aire con menos esfuerzo muscular del que requiere la respiración nasal. Es, básicamente, una especie de botón de turbo para nuestros pulmones, que se activa cuando el esfuerzo físico que realizamos es muy alto. Podemos suponer que esto permitió a nuestros antepasados Homo erectus (el primero en mostrar un claro descenso de la laringe en su registro fósil) la capacidad de correr durante horas persiguiendo presas bajo el sol sin que sus pulmones colapsaran. En otras palabras, lo que nos permitió convertirnos en depredadores temidos en la sabana es lo mismo que permite a Usain Bolt llegar primero en todas las carreras: una falla de diseño que resultó en una ventaja táctica.
Otra consecuencia de este proceso se convirtió en una de nuestras herramientas más poderosas: la respiración voluntaria. Somos los únicos mamíferos que pueden “secuestrar” su ritmo respiratorio, permitiendo actividades como hablar con frases largas, cantar, cargar objetos pesados y bucear. De hecho, Erika Schagatay ha afirmado que el control de la respiración fue el resultado, en gran medida, de la adaptación a ciertas formas de pesca inmersiva. Si suponemos que los grupos de la Middle Stone Age (es decir, hace unos 160.000 años) dependían de marisco y peces para obtener ácidos grasos esenciales, es probable que aquellos individuos con un mejor control voluntario de la apnea -y, por lo tanto, una mayor capacidad para bucear- tuvieran una ventaja reproductiva clara. La autora, por demás, sugiere que el consumo de pescado aumentó el tamaño de nuestro córtex, permitiendo -ahora sí- el surgimiento del lenguaje. Siempre la evolución es más confusa de lo que creemos.
Por otro lado, controlar la respiración no sólo nos permitió volvernos invisibles en el paisaje para evitar ser detectados por depredadores (habilidad muy valorada en la mayoría de los grupos cazadores) sino, al mismo tiempo, acceder a otros mundos a partir de estados alterados de consciencia. Al respirar rápido, el CO2 se elimina a una velocidad mayor y altera el ritmo cardíaco, facilitando mareo y visiones. No es casualidad que la hiperventilación sea uno de los métodos más documentados en las culturas chamánicas, y en muchas tradiciones indígenas de América y Siberia. Por otro lado, respirar de manera lenta y controlada le envía señales de tranquilidad al cerebro, bajando las pulsaciones y el cortisol. Esto actúa como un sedante para el sistema nervioso, y facilita los estados profundos de meditación que el hinduismo, el budismo y el jainismo han popularizado en el mundo.
Para muchas de estas culturas, controlar el aire es controlar el tiempo de vida y, en tanto cada ser nace con un número predeterminado de respiraciones, respirar lento es prolongar la existencia. Los pormenores de la vida cotidiana no siempre nos permiten tomarnos un respiro. Este newsletter es, por lo tanto, una invitación a hacerlo.
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