Blockchain en Micronesia
La verdadera inspiración de Satoshi Nakamoto
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Hace poco fui al Mercado de Pulgas, un predio en la ciudad de Buenos Aires donde abundan los mercachifles y asaltantes de templos. Allí pueden encontrarse muebles antiguos y lámparas para la sala de estar, jarrones Ming e incluso madera de las escalinatas de un centro budista.
Durante el paseo, me topé con un comerciante que vendía una suerte de enormes ruedas de madera afirmando que se trataba de monedas. A primera vista, la idea parecía ridícula: ¿cuál es el sentido de una moneda que pesa más de treinta, cincuenta o cien kilos? Después de todo, la portabilidad -es decir, la capacidad de transportar unidades para facilitar el comercio cotidiano o a distancia- es definida en la teoría económica clásica como una de las propiedades esenciales del dinero. De hecho, la mayoría de los libros de historia económica afirman que las sociedades humanas abandonaron los métodos de cambio más engorrosos (como rebaños o sacos de grano) en favor de objetos físicos densos en valor y fáciles de llevar en bolsillos o bolsas. Pero entonces, ¿eran reales estas monedas o se trataba, lisa y llanamente, de una historia creada para vender supuestas reliquias a los turistas?
Un poco de cada cosa. Efectivamente, en la isla de Yap, en Micronesia, los habitantes navegaban 400 kilómetros hasta Palaos para confeccionar extrañas monedas que podían llegar a pesar hasta tres o cuatro toneladas. Estas, sin embargo, no eran de madera, sino de piedra caliza, un elemento aún más pesado e incómodo de transportar. Paradójicamente, aquello que consideraríamos más impropio para una moneda (su falta de portabilidad) era lo que los habitantes de Yap más valoraban. El valor de cada moneda no sólo dependía de su tamaño o belleza, sino de la historia de su extracción, incluyendo elementos como la dificultad del viaje y si alguien había perdido la vida en el proceso.
Por supuesto, las piezas más grandes rara vez se movían una vez establecidas en la isla, y aquí se vislumbra lo más interesante del tema: cuando se realizaba un intercambio importante, como el pago de una dote o una compra de tierras, simplemente se acordaba verbalmente que la propiedad de la piedra había cambiado de manos. La moneda, pues, se quedaba exactamente donde estaba. De hecho, en 1910, el etnógrafo William Furness, uno de los primeros occidentales en documentar extensamente la vida de la isla, comentó que en una ocasión una enorme piedra se hundió en el océano durante una tormenta, pero no perdió su valor. La comunidad, aparentemente, reconoció que la piedra continuaba existiendo, y continuó utilizándola para transacciones comerciales.
Su valor, al fin y al cabo, se registraba mediante la memoria y el consenso de la comunidad. Cuando una piedra cambiaba de dueño, la propiedad se gestionaba a través de un libro de contabilidad oral compartido por la comunidad. Este sistema garantizaba la transparencia y la seguridad, permitiendo que la propiedad fuera reconocida incluso si el dueño no vivía cerca de la piedra.
En un estudio publicado en 2019, Scott Fitzpatrick y Stephen McKeon afirmaron que este sistema ancestral de discos de piedra funciona de manera análoga a la blockchain utilizada por bitcoin. Ambos sistemas, cabe decir, dependen de un registro distribuido (uno oral y otro digital) para certificar la propiedad sin necesidad de trasladar físicamente el activo. Por otro lado, al igual que las criptomonedas, el valor de estas piedras se basaba en la escasez, el esfuerzo de su obtención (el extenso viaje en canoa, o bien, la minería digital) y la validación pública de cada transacción por parte de la comunidad. Los autores sugieren, incluso, que este modelo micronesio pudo servir de inspiración histórica para el desarrollo del protocolo de bitcoin. Esta idea no es descabellada, puesto que estas piedras están presentes en museos de todo el mundo, y son bien conocidas por estudiosos de la historia del dinero. Satoshi Nakamoto pudo haber leído u observado estos sistemas tradicionales al desarrollar su propuesta, aunque hasta el momento no ha afirmado nada en esa línea.
Este complejo sistema es bastante revelador acerca de cómo los seres humanos otorgamos valor. Está claro, si observamos la enorme distancia entre un billete y una piedra de 3,000 kilos, que el valor no está determinado por las características de los objetos. También es cierto que tampoco es puramente subjetivo: nadie puede decidir por su cuenta que un papel vale una fortuna. Ya sean billetes, piedras o el complejo sistema de blockchain, lo que existe detrás es un registro de contabilidad respaldado en la confianza, promesas de reciprocidad y obligaciones futuras. El valor, al fin y al cabo, es creado por nosotros al otorgarle narrativa al mundo material.
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