Fuera de escala
Dos vacas son tres monedas, pero tres monedas no son dos vacas.
Te doy la bienvenida a Smilodon’t, un newsletter que sabe cuántos ñames son tres varillas de bronce.
Adam Smith dijo que la sociedad aparece cuando comenzamos a intercambiar cosas, y muchos continuaron con esta idea. Para él, la primera institución social fue el trueque: te doy lo que me sobra a cambio de lo que me falta. Marcel Mauss estuvo de acuerdo con la premisa, pero cuestionó que estos intercambios fueran utilitarios. De acuerdo con su visión, originalmente no intercambiábamos para hacer negocios, sino que nos dábamos dones, es decir, regalos que creaban vínculos porque traían consigo la obligación social de devolverlos. Finalmente, Lévi-Strauss dio una vuelta de tuerca final, afirmando que el verdadero pacto original de la humanidad no fue el intercambio de objetos, sino de personas: grupos que entregaban a sus hermanas para crear alianzas y recibirlas como esposas.
Ahora bien. Afirmar que el intercambio fundó la sociedad es sólo la mitad de la historia. No todo puede intercambiarse. Es cierto: a lo largo de la historia hemos comercializado desde piedras preciosas hasta ideas, e incluso (trágicamente) a otras personas. Sin embargo, para evitar el colapso, todas las culturas han tenido que trazar una línea y clasificar en el mundo en “esferas” para evitar que todo sea intercambiable por todo, puesto que la vida en estas condiciones sería imposible.
Pensémoslo. Incluso en nuestra realidad actual, signada por el capitalismo salvaje, la venta de seres humanos o partes de ellos (órganos, huesos, sangre, etc.) está terminantemente prohibida, aun cuando exista un mercado negro para ello en los márgenes de la ley. El límite no siempre es el mismo, pero siempre existe alguno. Los romanos comercializaban seres humanos, pero tenían estrictamente prohibido vender templos, altares o santuarios de los dioses, así como el agua, el aire o la luz del sol. En nuestro caso, la venta de recursos naturales está en un área gris.
Paul Bohannan documentó, en la década del ’50, que los grupos Tiv de Nigería dividían el mundo en tres esferas de intercambio separadas. Por un lado, la esfera de subsistencia, donde se intercambiaba ñame, cereales, gallinas o incluso herramientas de uso diario. En segundo lugar, la esfera del prestigio, que incluía vacas, caballos y esclavos, además de unas varillas de bronce que funcionaban como monedas para propósitos especiales. Finalmente, existía una categoría sagrada, que incluía el matrimonio y los derechos sobre las mujeres y los hijos. En teoría, los intercambios debían ser equivalentes: podía cambiarse ñame por herramientas, o una hermana por una esposa, pero nunca podía “comprarse” a una mujer por vacas o ñames. Claro está, si un hombre producía mucho ñame, en algún punto podía cambiarlo por varillas de bronce y ser admirado por ello, y defenestrado, por lo contrario. Alguien que vendía varillas de bronce, que otorgaban prestigio, a cambio de comida era visto como tonto o un desesperado, puesto que liquidaba el status de su familia para sobrevivir.
Lo llamativo del caso es que este sistema colapsó cuando llegaron los británicos. El gobierno colonial introdujo los chelines y las libras esterlinas y exigió que los impuestos se pagaran con ello. De repente, con libras esterlinas podía comprarse ñame, vacas e incluso pagar la dote de una esposa. Para los Tiv, todo se volvió intercambiable por todo, y esto destruyó su universo moral. Si antes debía pedirse permiso a los ancianos para casarse, ahora un joven que iba a trabajar a la ciudad podía ganar dinero y “comprar” una esposa sin consultar a los ancianos.
No se trata, empero, de que el mercado destruya la moral. El mercado (no así el capitalismo) existe desde épocas antiguas porque se desprende de la necesidad de las personas de intercambiar. Michael Sandel ha afirmado que el problema no es la existencia de una economía de mercado, sino de una sociedad de mercado. Cuando el mercado entra en esferas donde no pertenece, corrompe la moral: podemos pagar a un niño por leer un libro, o a una persona por estar parada en una baldosa doce horas al día, pero eso destruye el valor intrínseco de nuestras acciones y, en última instancia, la dignidad humana. Si todo tiene precio, el sistema de valores humanos pierde el sentido.
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Muy interesante 😃. Lo incluimos en el diario 📰 de Substack en español?