¿Génesis al revés?
Sí, vamos a hablar sobre el mamut en la habitación.
Hola,
Te doy la bienvenida a Smilodon’t, un newsletter que se cansó tanto de leer opiniones sobre la baja de la natalidad que, este domingo, va a opinar sobre la baja de la natalidad.
La baja en la natalidad se está convirtiendo en tema de conversación en Argentina y en el mundo. Como siempre, en nuestro país lo que nunca falta son explicaciones: mientras que algunos culpan al movimiento feminista y al ‘cambio cultural’ de los últimos 30 o 40 años, otros responden que el verdadero problema es la falta de oportunidades, la incapacidad de planificación a futuro y la crisis económica. Sin embargo, hay una explicación en particular que me llamó bastante la atención y que, luego de escucharla algunas veces en la calle, decidí investigarla un poco más a fondo.
La idea es más o menos la siguiente. La baja en la natalidad no es el resultado de la economía ni del cambio cultural, sino una estrategia de autorregulación de nuestra especie que, como detecta que el planeta está saturado, los recursos escasean y hay un estrés social insoportable, activa una especie de interruptor biológico (que se expresa en forma de ansiedad, infertilidad o desinterés sexual) para frenar la reproducción. La hipótesis, como idea, es interesante, aunque carece de lógica y de un mínimo sustento científico. Empecemos por lo obvio: si la baja fuera una forma de autorregulación ante la escasez o el estrés, veríamos un descenso en territorios donde hay hambrunas o sobrepoblación, y la situación es exactamente la contraria. Son los países con mayor bienestar material, educación y acceso a recursos los que vienen registrando tasas más bajas.
Lo fundamental, empero, es que la evolución no funciona así. De hecho, si existiera un mecanismo biológico que empujara a un organismo sano a no reproducirse deliberadamente para salvar al colectivo (podríamos preguntarnos, ¿salvarlo de qué?), se extinguiría en una sola generación, porque quienes no tuvieran ese mecanismo tendrían más hijos y pasarían sus genes. Claro está, quienes sostienen esta idea de la autorregulación no son muy fanáticos de Darwin, sino de James Lovelock quien, junto con Lynn Margulis, propusieron en 1970 la hipótesis Gaia. De acuerdo con esta hipótesis (que toma su nombre de la antigua diosa griega de la Tierra), nuestro planeta y sus sistemas biológicos no actúan por separado, sino que se comportan como una sola entidad. Y esta, siguiendo con la idea, posee mecanismos autorregulados y controlados que mantienen las condiciones del planeta dentro de límites favorables para la vida. Lo que leímos al principio no es más que una versión novedosa de Gaia, que entiende que la humanidad es un único organismo capaz de autorregularse, así sea inconscientemente.
Pero la evolución, como sabemos hace más de 150 años, es ciega. En otras palabras, no tiene interés en la felicidad ni en la salud de quienes portan los genes, sino que premia la capacidad de una generación para dar lugar a la siguiente, sin importar cuál sea el costo que eso pueda tener desde nuestra perspectiva humana. Un ejemplo claro de ello es la llamada (mal, bien, no lo sé) revolución agrícola.
Cuando, hace aproximadamente 12 mil años, los seres humanos comenzamos a cultivar alimentos y criar animales, la fertilidad aumentó. Los motivos detrás de ello son simples. Las personas comenzaron a moverse menos (hecho que redundó en un menor gasto de energía) y, correlativamente, tuvieron a su disposición una fuente masiva y constante de calorías en forma de carbohidratos. Consecuentemente, la ovulación se volvió más frecuente y disminuyó el espacio entre nacimientos, de entre 2 a 4 años a 2 años o menos por hijo. Por otro lado, si en el mundo de los cazadores-recolectores los hijos eran una carga, en el mundo de los agricultores eran más brazos para trabajar. Lo esencial es, sin embargo, que la agricultura alteró los mecanismos biológicos y logísticos de la reproducción.
Ahora bien. A nivel de salud individual, la adopción de la agricultura fue un desastre. En las primeras sociedades agrícolas, se estima que hasta un 40% o 50% de los niños moría antes de los cinco años, siendo la esperanza de vida media unos 25 o 40 años, en contraposición a la edad del Paleolítico Superior, que rondaba los 40-50. Contrariamente, en el Neolítico temprano, un adolescente de 15 años vio reducida su expectativa de vida restante, puesto que las secuelas de las hambrunas por malas cosechas y las infecciones comunitarias hacían que los adultos agricultores murieran notablemente más jóvenes que sus ancestros cazadores-recolectores. Y, para peor, quienes lograban alcanzar la edad avanzada lo hacían con un cuerpo desgastado, con lesiones de columna e infecciones recurrentes.
Lo interesante es que este mecanismo funciona exactamente al revés que la hipótesis Gaia: la humanidad no se ‘autorreguló’ cuando comenzó a experimentar sobrepoblación y una pérdida de su calidad de vida, sino todo lo contrario. Y la razón de ello es que, en términos evolutivos, un individuo que vive 30 años y tiene 6 hijos es más ‘exitoso’ para la propagación de la especie que uno de 60 que sólo tiene 2. Por supuesto, no podemos tomar al azar un modelo del pasado y traspolarlo acríticamente a nuestra realidad actual. El baby boom de 1946-1964 combinó dos factores aparentemente contradictorios, a saber, el aumento del nivel de vida y la fertilidad, que en demografía suelen ser tendencias opuestas. Claro está, no podemos ignorar el hecho de que el optimismo y la bonanza económica se esos años fue posible gracias al control sanitario y, correlativamente, al hecho de que la mayoría de los métodos anticonceptivos modernos son posteriores a la década del ’60, etapa que también coincidió con una transformación en la vida sexual de las personas.
Me fui un poco por las ramas. Naturalmente, no estoy completamente seguro de por qué está bajando la natalidad, y prefiero huir de explicaciones simplistas como (únicamente) el cambio cultural o la crisis económica. Lo que sí me llama la atención es que quienes hablan de este tema como un problema rara vez parecen reflexionar sobre las condiciones de vida que trae aparejadas. Como hemos visto, el boom demográfico de la agricultura coincidió con una calidad de vida mucho más precaria y difícil. No creo que este siempre tenga que ser el caso, pero sí que más que preguntarnos por el aumento de la natalidad deberíamos imaginarnos en qué condiciones vamos a vivir. Tal vez la humanidad no se autorregule, pero nosotros sí lo hacemos. El problema quizás no sea la falta de recursos para el futuro, sino la dificultad para imaginar un futuro donde valga la pena proyectar la vida.
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