Heracles y las Amazonas
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Cuenta la historia que Heracles, el héroe, debió realizar doce trabajos para el rey Euristeo. Uno de ellos, según parece, fue obtener el cinturón de Hipólita -reina de las Amazonas- para regalárselo a la hija del rey. Las amazonas eran una sociedad de mujeres guerreras en la que los hombres no tenían un papel protagónico o permanente. Sin embargo, estas mujeres se unían periódicamente con hombres de tribus cercanas, como los escitas, con el único propósito de la reproducción. Estos encuentros no implicaban una convivencia o cohabitación, sino simplemente uniones temporales para concebir.
En una versión del mito, Heracles menciona que en Grecia las personas tienen una madre y un padre, y no sólo una madre como en el caso de las Amazonas. Las mujeres, intrigadas por el asunto, consultan al héroe cómo saben los griegos quien es el padre. Esta pregunta tiene bastante sentido. Después de todo, identificar a la madre no revelaría dificultad alguna, pero, ¿cómo saber quién es el “padre” en una sociedad donde las uniones con los hombres eran efímeras e instrumentales?
Evidentemente, los griegos proyectaron en la historia de las amazonas todo lo que consideraban opuesto o invertido a los valores de su propia sociedad. Sin embargo, los elementos de la narración son más comunes de lo que podríamos creer. En las islas Trobriand, por ejemplo, no se considera que el hombre tenga un papel biológico en la concepción del niño. Para los trobriandeses, los espíritus de los ancestros, ayudados por el dios Baloma, entran en el vientre de las mujeres cuando se bañan en el mar, provocando el embarazo. Claro está, el marido de la madre tiene un rol social y afectivo para con el hijo de esta, y de él se espera que lo cuide y lo proteja. Sin embargo, la descendencia y la herencia se trazan a través de la línea materna, y la figura más importante en términos de autoridad masculina es el hermano de la madre.
Otros casos son incluso más similares a la historia que narramos al inicio. Los Na de China (una etnia que habita las provincias de Yunnan y Sichuan) viven en hogares matriarcales donde la línea de descendencia y propiedad se transmiten de madre a hija. No existe, de hecho, el matrimonio formal ni la cohabitación marital. En su lugar, se practican las uniones caminantes, es decir, relaciones sexuales no permanentes donde los hombres visitan a las mujeres por la noche y luego regresan a sus hogares.
La paternidad ha sido, en la mayoría de los casos en la historia, más una cuestión social que biológica. La crianza por no-padres, después de todo, fue muy común en tiempos antiguos por diversas razones. Los niños perdían a sus padres por causas naturales todo el tiempo, o bien, en ocasiones, los entregaban a otras familias por no poder hacerse cargo de ellos. Jesús, sin ir más lejos, fue criado por José de Nazaret.
Resulta llamativo, sin embargo, que el sentido común nos inclina a pensar que los niños deben ser concebidos, o bien, criados, por dos padres mediados por una relación romántica. El hecho de que, por ejemplo, dos amigos de toda la vida decidan tener o adoptar un hijo sin estar “enamorados” o “en pareja” resultaría a todas luces desconcertante y, posiblemente, no formaría parte de las prioridades de ninguna agencia de adopción incluso si cubrieran todos los demás requisitos. Esta concepción es, sin embargo, bastante nueva. Fue la Revolución Industrial la que constituyó a la familia nuclear como unidad básica de parentesco, al tiempo que el amor romántico ganaba protagonismo como base ideal del matrimonio y formación de la familia. No hace falta recordar que, durante la mayor parte de la historia, los matrimonios eran arreglos económicos o políticos y también lo era la reproducción.
La idea de que el “amor” es el fundamento de la unión y, por extensión, de la crianza, es relativamente nueva. Las leyes y políticas en la mayoría de los países occidentales, por esa razón, se han construido en torno al modelo de la familia nuclear biparental, generalmente heterosexual. Los derechos, herencias, prestaciones sociales y procesos de adopción están intrínsecamente ligados a esa estructura.
Esto no aplica, sin embargo, para la mayor parte de la Prehistoria. Sarah Hrdy ha explicado que, puesto que los bebés humanos nacen indefensos y requieren un periodo de cuidado mucho más prolongado que el de otros primates, para que una madre pudiera criar con éxito a sus hijos en entornos prehistóricos (donde escaseaban los recursos y abundaban los peligros), la ayuda de otros miembros del grupo era indispensable. Este entorno incluía abuelas, tías, hermanas y hermanos, primos, y también padres y otros miembros de la comunidad. Para Hrdy, la evolución favoreció a aquellos grupos de homínidos donde existía esta red de apoyo. La autora también argumentó que el ser criados por múltiples cuidadores con diferentes temperamentos, estilos de apego y demandas condicionó a los bebés humanos a desarrollar una capacidad única para leer las intenciones, las emociones y los estados mentales de los demás (tema que, recordarás, aparece en varios newsletters como QVCMV y SQP).
Hoy, sin embargo, la maternidad y paternidad están experimentando transformaciones sociales y legales. Cada vez son más y mejor aceptados los casos de familias monoparentales, “ensambladas” y, desde la sanción de la ley de matrimonio igualitario, también homoparentales. En muchos casos, hombres o mujeres solteras crían de manera individual un hijo concebido utilizando material genético de amigos o conocidos, aunque esta cuestión se encuentra en el centro de múltiples debates éticos.
De vez en cuando, comunicadores de diferente tipo afirman que la única familia verdadera es la biparental heterosexual (con la “monogamia” como ideal de relación estable), puesto que responde a una condición “natural” de los seres humanos. En el otro extremo, los defensores del amor libre sostienen que la condición natural de los humanos es sostener múltiples relaciones con distintos grados de apego. Ambas posturas comparten, sin embargo, un error fundamental: la búsqueda de una supuesta naturaleza humana inmutable en las relaciones. Bien por el contrario, la evidencia sugiere que la versatilidad y la adaptabilidad fueron, parajódicamente, las únicas constantes en la forma en la que lo humanos organizamos nuestros vínculos afectivos y nuestra descendencia.
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