Mea culpa
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Te doy la bienvenida a Smilodon’t, un newsletter que siente culpa por sólo salir los domingos.
En junio de 1944 la guerra entre Estados Unidos y Japón en el Pacífico se hallaba en un punto crítico. Los norteamericanos, aparentemente, estaban desconcertados y frustrados por el comportamiento de sus adversarios, que perpetraban ataques suicidas, se negaban a rendirse y parecían no temer a ser capturados. En ese contexto, el gobierno encargó a la antropóloga Ruth Benedict un estudio profundo sobre la sociedad japonesa, con el objetivo de anticipar los movimientos y reacciones de los militares y civiles enemigos.
Esta decisión no fue tan revolucionaria como podríamos creer. Durante el siglo XIX, los gobiernos británico y holandés ya habían buscado el asesoramiento de antropólogos para aplicar formas de gobierno indirecto (indirec rule) en las colonias africanas, con resultados dispares. Benedict, en este caso, debía resolver si era posible una rendición o si sería necesaria una invasión total y, además, decidir qué hacer con la figura del Emperador. En esto último, su estudio fue clave al recomendar su permanencia, volviendo la ocupación de Japón más estable y menos violenta de lo que muchos temían.
Al margen de esto, los aportes de El Crisantemo y La Espada (1946) a la teoría de la cultura fueron muchos. Para empezar, permitió a sus contemporáneos entender que los japoneses no actuaban por fanatismo irracional, sino por un sistema de valores coherente pero muy distinto del occidental. Por otro lado, planteó una tesis muy interesante: los japoneses no se guiaban por una ‘cultura de la culpa’, sino, contrariamente, por una cultura de la vergüenza.
La cultura de los samuráis (desvinculados de sus funciones tradicionales desde la Revolución Meiji) no desapareció, sino que continuó como parte de la moral civil japonesa, especialmente en el ámbito empresarial.
La culpa es, queridos lectores, una emoción interna, moral y reparadora. Cuando sentimos culpa, intentamos reparar el daño pidiendo disculpas, pagando una deuda o confesando lo que hicimos. Las sociedades occidentales (y especialmente los grupos religiosos en ámbitos coloniales) la han utilizado históricamente como un mecanismo de control interno. Si he cometido un pecado, debo confesarlo, aunque nadie lo haya visto. La vergüenza, por el contrario, es una emoción aislante provocada por la presión social y la amenaza a la propia reputación. En otras palabras, la vergüenza se guía por el ‘qué dirán’, pero desaparece si nadie se entera de la falta.
En este sentido, el libro de Benedict planteaba un giro fascinante para la moral judeocristiana: la culpa, tradicionalmente percibida como una emoción natural e inevitable, revelaba ser un hecho cultural y socialmente aprendido. Pero, ¿acaso la vergüenza también lo es? Después de todo, muchas especies de animales sociales (como los primates y los lobos) muestran conductas de sumisión que podríamos interpretar, hasta cierto punto, como vergüenza. Cuando un individuo desafía el orden social y es derrotado, su respuesta es bajar la mirada y retirarse para evitar el ataque o la expulsión.
De hecho, Daniel Fessler ha llevado al extremo la teoría de Benedict, proponiendo que la vergüenza no es ‘una forma más’ de gestión cultural de las emociones, sino un mecanismo biológico universal. Para Fessler, sentimos vergüenza cuando detectamos que los demás nos ven como menos valiosos, de forma tal que nuestro sistema activa los mecanismos emocionales correspondientes para forzar un cambio de comportamiento. Pensemos que, en una tribu de cazadores-recolectores de Pleistoceno, la exclusión equivalía a la muerte. En este contexto, la vergüenza actuaría como una suerte de mecanismo interno para prevenir la pérdida de status o el ostracismo. No estoy seguro de que Fessler tenga razón. Me interesa señalar que, aunque podríamos pensar que las sociedades han abandonado progresivamente la vergüenza para acercarse a la culpa, el escenario actual pareciera ser exactamente el contrario.
En el siglo pasado, la ‘cultura de la culpa’ tenía como sustento una ética moral común conocida y sostenida por la mayoría de las personas (por ejemplo, en argentina, la famosa moral cristiana occidental). El siglo actual, contrariamente, es más confuso. Como los valores profesados por la sociedad ya no son uniformes -más bien, por el contrario, son fluidos y constantemente disputados- no existe un marco moral firme sobre el cual sentir culpa, ocupando la vergüenza este lugar. En otras palabras, en ausencia de una ética personal profunda respaldada en ciertas instituciones, la vergüenza es un atajo social efectivo: simplemente, hago lo que los demás aprueban para no ser excluido.
El problema de esto último, en mi opinión, es una distorsión acerca de los valores profesados por la sociedad. Cada tanto creemos que ‘se cayó un consenso sobre tal tema’, o bien, que ‘la gente ya no siente culpa por tal otro’. La realidad es que nunca la sintió. No era culpa, sino una vergüenza de turno. Nadie estaba arrepentido. Simplemente, no querían ser excluidos en temporada de caza.
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