Nombrar la luz
¿De qué color es el bosque en una cultura sin verde?
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En el siglo XVII, George Berkeley formuló el popular interrogante acerca de si un árbol que cae en un bosque donde no hay nadie puede ser oído. Para no andar con vueltas, la respuesta más breve es que sí: la física ha establecido que una caída de este tipo genera ondas acústicas en el aire y, por lo tanto, sonido. Sin embargo, la pregunta es bien interesante porque nos hace pensar en la relación entre la física y el mundo exterior frente a lo que ocurre en nuestras mentes.
Voy a proponer un experimento similar, pero enfocado en la física de la luz y nuestras capacidades visuales. La pregunta, en este caso, es: ¿puede una sociedad que no ha conceptualizado el color verde percibir que el bosque tiene ese color? Otra vez: la respuesta es sí. Si un individuo de una cultura que desconoce la palabra verde mira un bosque y luego mira al cielo, su cerebro registrará físicamente dos longitudes de onda distintas. No sufrirá una ‘ceguera’ de color similar a la de algunos animales simplemente por el hecho de que su estructura biológica es capaz de percibir colores en una escala tricromática. Lo que cambia es que su lengua no ha trazado una frontera conceptual para separar esas dos longitudes de onda en ‘cajas’ distintas. El lenguaje no permite ver el mundo de forma radicalmente distinta, pero sí clasificarlo y fragmentarlo: si tengo una palabra para cada cosa, todo puede ser algo separado del resto. El árbol es árbol porque no es cielo, y el cielo lo es porque no es árbol.
En otras palabras, es evidente que hay una cierta relación entre lo que nuestra cultura nombra y categoriza y aquello que podemos percibir, pero esta relación no está determinada. Este debate, cabe decir, está muy contaminado por errores del pasado. En 1911, Franz Boas mencionó que los inuit tenían varios términos para hablar de la nieve en virtud de que debían diferenciar sus tonalidades para distinguir si era apta para deslizar un trineo, si era lo suficientemente sólida para sostener el peso de un cazador o si estaba a punto de derretirse. Este dato fue retomado y exagerado por su alumno, Benjamín Whorf, quien llegó a afirmar que los inuit tenían, de hecho, entre 50 y 100 vocablos distintos para referirse a la nieve. Whorf, junto con su colega Edward Sapir, utilizaron esto para sostener que los pueblos del Ártico observaban un mundo completamente distinto al nuestro desde el punto de vista visual.
Hace bastante poco, sin embargo, la antropóloga Laura Martin denunció que esa cifra era en realidad un invento amplificado por la cultura popular. Los idiomas inuit son polisintéticos, lo cual significa que añaden prefijos y sufijos a una raíz para crear frases enteras en una sola palabra: en otras palabras, no es que tengan 50 palabras para nieve, sino que construyen descripciones variables como “nieve-que-cae-fina” en una única palabra.
Sapir y Whorf habían llegado a sostener que una lengua más simple significaba una percepción más simple. Esto, por supuesto, no es cierto. Todos los conceptos son, hasta cierto punto, traducibles a diferentes culturas y percepciones, aunque es probable que en la traducción se pierda bastante de la idea original, máxime cuando esa idea remite a las emociones, la historia y la identidad de un grupo. Todo puede traducirse, pero El Quijote leído en coreano tal vez no tenga el mismo impacto.
Más allá de esto, no creo que sea una herejía afirmar que las estructuras de nuestra lengua materna influyen o predisponen a una cierta forma de percibir, categorizar y recordar la realidad. Los Guugu Yimithirr de Australia no usan términos como izquierda o derecha sino los puntos cardinales, articulando frases como ‘tienes una hormiga en tu pierna norte’. Como no hay distinción entre las palabras utilizadas para la coordinación individual y la ubicación geográfica, su lengua los predispone mejor a estar siempre orientados en el espacio. ¿Podrías, querido lector o lectora, decirme dónde está el norte desde la silla de tu computadora? Asumo que no, aunque puedo equivocarme.
Hace ya algunas décadas, Brent Berlin y Paul Kay descubrieron que las palabras para mencionar a los colores no aparecen de forma aleatoria, sino que responden a una secuencia hasta cierto punto universal. Por ejemplo: si un idioma tiene dos palabras para colores, estas siempre serán blanco/claro y negro/oscuro. Si tiene tres palabras, la tercera siempre será el color rojo, presente en la sangre y en muchos frutos importantes. Ya con cuatro o cinco palabras, aparecen el amarillo y el verde. Y el azul, como bien sabemos, es una adquisición tardía debido a su rareza en la naturaleza. Berlin y Kay señalaron, además, que las culturas que no tenían una palabra para ‘verde’ generalmente eran sociedades donde bastaba referirse a ese color como ‘oscuro’, o utilizar referencias al entorno material que daban más importancia a la forma.
En otras palabras, el lenguaje no nos impide ver las diferencias en el mundo físico, sino, sencillamente, decirnos cuáles de esas diferencias son lo suficientemente importantes para nosotros como para merecer su propia etiqueta. El mundo actual ha generado y clasificado más de 16 millones de colores mediante códigos hexadecimales. ¿Qué dice eso de nosotros?
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También he leido algo por ahí que dice que los griegos de la Ilíada y la Odisea no tenían una palabra para "azul".
Y por supuesto que los lenguajes cambian (algo) nuestra interpretación del mundo. Que, por ejemplo, en alemán haya que escuchar la frase entera para comprender su sentido, a lo mejor influye en su manera de pensar, tal vez más pausada. Igual que en español o italiano omitamos el sujeto, con verbos que muchas veces coinciden en sus formas pasadas y presentes ,lo que nos lleva a un ejercicio de intuición rápida para aprehender el contexto en el que el mensaje está siendo comunicado y así entender lo que se nos dice.
Interesantísimo como siempre