Pequeños gigantes
La misteriosa isla de los toros subterráneos
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Cuenta la leyenda que, en una isla perdida cerca del Ártico, gigantes caminaban por la tundra haciendo temblar la tierra con cada paso. Los nenets, chukchis y otros pueblos siberianos los llamaban toros subterráneos, por su supuesta tendencia a excavar túneles debajo del suelo, como una suerte de topos descomunales. Durante mucho tiempo, esto fue poco más que una fábula.
En el siglo XIX, sin embargo, estas historias llegaron a oídos de Ferdinand von Wrangel, un científico y explorador ruso que buscaba cartografiar la costa de Siberia, y verificar la existencia de tierras más al norte. El problema era que, en tierras tan alejadas de la civilización occidental, los mapas europeos no servían de nada. La costa era una zona en blanco. Wrangel entendió rápidamente que, si quería sobrevivir y cumplir su misión, tenía que consultar a los expertos locales, es decir, a los pueblos indígenas de la zona. Estos grupos no sólo vivían allí, eran navegantes de mar abierto y comerciantes que conocían cada rincón del litoral y las islas cercanas.
Parece que, por esa época, los nativos acostumbraban a comerciar colmillos gigantes de marfil con los rusos, que estos utilizaban, principalmente, para fabricar objetos religiosos, joyería e incluso teclas de piano. Cuando los europeos consultaban a los indígenas por el origen de estos colmillos, los últimos respondían que pertenecían a los toros subterráneos de la isla. La explicación era muy interesante. Estos animales vivían en los confines de la tierra, bajo el permafrost, recorriendo túneles en la oscuridad. Pero, si alguno de ellos lograba emerger por accidente a la superficie y respirar el aire gélido del Ártico, moría irremediablemente. Para ellos, los colmillos gigantes que asomaban del barro eran la prueba física de que la tierra misma estaba expulsando a una criatura que pertenecía al mundo inferior.
Lamentablemente, nuestro protagonista dedicó parte de su vida a descubrir la ubicación de la isla de los gigantes, pero murió sin poder verla. Fue el ballenero estadounidense Thomas Long quien, en 1867, divisó la isla por primera vez y, en un gesto de respeto por su antecesor, la bautizó como Isla de Wrangel, en honor al explorador que había dedicado la mitad de su vida a buscarla.
El comercio de colmillos era un negocio bastante rentable. Los colmillos que los siberianos asociaban a los toros subterráneos se traficaban indistintamente junto con los de elefantes que, por razones geográficas, los pueblos indígenas del norte desconocían. A finales del siglo, el naturalista Georges Cuvier los comparó y llegó a una conclusión obvia para nosotros, pero revolucionaria para la época. Los colmillos que llegaban de Siberia no pertenecían a elefantes (ni tampoco a toros subterráneos) sino a una especie que, por razones desconocidas, había desaparecido hace algunos miles de años. Y, al nombrar a este animal desconocido, los científicos de la época tomaron prestado el nombre que los nativos utilizaban para referirse a los míticos toros: mamont o mamoth, que significa algo así como animal de la tierra en lengua tártara.
Pero, ¿dónde se escondían estos misteriosos mamuts? Algunos científicos comenzaron a pensar que estos animales estaban vivos en algún lugar desconocido, como África o las selvas asiáticas. Resultaba extraño, sin embargo, que un espécimen que aparentemente era más grande que el elefante común no hubiera sido visto nunca por ningún humano. Recordemos que los nativos siberianos se referían a él como un gigante que hacía retumbar la tierra… ¿cómo es que nadie tenía conocimiento de un monstruo de tal magnitud? Por esa razón, Cuvier sugirió algo completamente herético: los mamuts no se escondían en ningún lado, eran seres de otro tiempo. Estaban biológicamente diseñados para un entorno que ya no existía y, cuando ese mundo desapareció, su extinción fue inevitable.
La pregunta obvia era por qué un animal que supuestamente había dominado el hemisferio norte durante cientos de miles de años ya no estaba con nosotros, pero Cuvier ya se había adelantado. Aparentemente, el mamut era lo que en biología se llama un especialista extremo, es decir, un animal adaptado exclusivamente a un tipo de bioma muy específico, que en este caso era el ecosistema de pastizales secos que se extendía desde España hasta Canadá. El problema fue que, hace unos 10,000 años, el clima cambió drásticamente y vivimos el final de la última glaciación. El mundo se volvió más cálido y húmedo, y los pobres mamuts, que estaban demasiado especializados para sobrevivir en el frío y la sequía, perecieron.
Llegados a este punto, la historia da un giro inesperado y nos devuelve a donde todo empezó: la Isla de Wrangel. Durante más de un siglo, la explicación de Cuvier fue absoluta. Los mamuts habían desaparecido a consecuencia del cambio climático, al igual que la enorme mayoría de las especies de mega-mamíferos del mundo. Sin embargo, en 1993 el paleontólogo ruso Sergey Vartanyan dató los fósiles de mamuts de Wrangel utilizando radiocarbono de alta precisión y publicó los resultados en la revista Nature. Cuando los resultados salieron a la luz, la comunidad científica entró en shock.
Lo lógico habría sido que los restos más recientes tuvieran 10,000 años, coincidentemente con la extinción masiva de finales del Pleistoceno. Pero Vartanyan descubrió que los mamuts de Wrangel no se habían extinto junto con el resto de los de su especie, sino que habían sobrevivido ¡hasta hace 3,700 años! Para que quede más claro, los gigantes wrangelinos eran tan recientes como las Pirámides de Giza. El animal más icónico de la Era del Hielo, aquel que se había convertido en sinónimo de extinción, resultaba contemporáneo a los monumentos más icónicos de una era dominada por los humanos.
Pero esto no era todo. En el mismo estudio, Vartanyan señaló que los restos de mamuts hallados en Wrangel indicaban que estos últimos representantes de la especie eran enanos, alcanzando a penas el metro ochenta de altura, en comparación a los más de tres metros de promedio que medía un mamut lanudo clásico. Todo, hasta ahora, parece inverosímil. Primero eran gigantes que vivían bajo tierra, luego gigantes extintos hace miles de años, y ahora gigantes no-tan-gigantes tan recientes como las pirámides. Y, aunque parezca extraño, todo podía explicarse por la misma razón. La Isla. Aquella que Ferdinand von Wrangel dedicó su vida a encontrar sin conseguirlo.
Vamos por partes. Lo primero que tenemos que aclarar es que Wrangel no siempre fue una isla. Hace 12,000 años, antes de que el nivel del mar subiera drásticamente, lo que hoy es una isla en el medio del Mar del Norte era una colina en una vasta estepa de lo que antes era Beringia, el puente terrestre que unía Asia con América, por el cual pasaron nuestros antepasados. Cuando los glaciares se derritieron, todo Beringia quedó bajo el agua a excepción, por supuesto, de esta colina, que tenía más de mil metros de altura sobre el nivel del mar. El resultado fue que, los pocos mamuts que quedaron aislados en ese territorio (que no medía más de 7,600 kilómetros cuadrados) lograron sobrevivir a la extinción masiva de finales del Pleistoceno, al precio de ser los únicos y últimos representantes de su especie.
Pero, ¿cómo se volvieron enanos? Los mamuts lanudos necesitan enormes cantidades de pasto y vegetación diaria para sobrevivir, algo completamente inviable en una isla como Wrangel, de inviernos largos y un espacio limitadísimo. Siempre que pasa esto (es decir, cuando especies de gran tamaño llegan a un territorio isleño aislado y con escasez de recursos), los individuos más pequeños son los que tienen la mayor ventaja, porque requieren menos energía para mantenerse y reproducirse. A esto se le llama la “Regla de la Isla” y Wrangel, por supuesto, no fue la excepción. Aquí, los individuos que nacieron con mutaciones que reducían su tamaño corporal (y que, por lo tanto, necesitaban menos alimento y alcanzaban la madurez sexual más rápido) lograron sobrevivir a sus compañeros más grandes, logrando heredar sus rasgos mientras los mamuts “clásicos” perecían.
Pero a veces, lo que te salva en una primera instancia es lo también lo que te perjudica después. Hace poco se estudió el ADN antiguo de los mamuts de Wrangel, algo bastante reciente en la investigación científica, y se reveló un fenómeno conocido como deriva genética. Básicamente, al ser la población de mamuts de la isla tan pequeña (no más de 300 o 500 individuos), la selección natural dejó de funcionar de manera eficiente. Pongámoslo de este modo: si en una población de 10,000 personas nace una con una enfermedad genética, la selección natural tiene suficiente “material” para trabajar y, eventualmente, eliminar o purgar ese gen defectuoso de la población. Pero con solo 300 individuos, la selección natural se vuelve ciega. Las mutaciones dañinas, por simple azar o deriva genética, no se eliminan. Al contrario, se acumulan y se fijan en la población. Es como si el genoma de los mamuts se fuera dañando poco a poco, perdiendo la capacidad de repararse a sí mismo hasta que, funcionalmente, la especie ya no podía sostenerse.
Al no poder cruzarse con poblaciones externas, los mamuts comenzaron a acumular “errores” genéticos como resultado de la endogamia, perdiendo receptores olfativos (lo que les dificultaba encontrar comida), y sufriendo cambios en su pelaje, que se volvió translúcido y satinado, perdiendo su capacidad aislante. En otras palabras, el aislamiento que originalmente les permitió sobrevivir podría haber sido también una de las causas de su desaparición. Sin embargo, en 2024 un estudio analizó los genomas de 21 mamuts lanudos (14 de Wrangel y 7 de poblaciones continentales anteriores al aislamiento) y llegó a la conclusión de que la población inició con una cantidad aproximada de 10 individuos reproductivos y creció a un máximo de 200 o 300. Por otro lado, la investigación también sugirió que, aunque la endogamia era alta, los mamuts estaban logrando “purgar” las mutaciones más dañinas de su ADN. ¿Significa esto que la deriva genética no fue la causa de su extinción? ¿Y entonces, por qué desaparecieron?
Si habías comenzado a empatizar con los adorables pequeños gigantes, te tengo malas noticias. Lamentablemente, toda la evidencia parece apuntar a nosotros. Hace 3300 a 3700 años comenzaron a aparecer en la isla evidencias de herramientas de piedra y marfil, lo que permite sugerir fácilmente el arribo de los humanos a la isla. Curiosamente (o no tanto), esta fecha es extremadamente cercana a la desaparición de los últimos mamuts, hace unos 3700 a 4000 años. Como resultado, algunos investigadores argumentan que, si los humanos llegaron y encontraron a una población ya reducida (de 200 a 300 individuos), incluso una caza limitada puede haber hecho las veces de tiro de gracia. Esto, cabe decir, coincide con lo que sabemos acerca del rol de los seres humanos en la extinción de la megafauna, ya que si bien un porcentaje importante (casi un 33%) de las extinciones masivas de mega-mamíferos coincidieron con variaciones climáticas intensas, en el 67% de las unidades de muestreo en todo el mundo esas desapariciones ocurrieron dentro de la ventana temporal de la llegada de los humanos a esos respectivos territorios (aun cuando en algunos casos esto se solapó con otras cuestiones, como la deriva genética o el cambio climático).
Pero nuestra victoria sobre la naturaleza fue sólo temporal. Los grupos humanos que arribaron a Wrangel durante ese tiempo no prosperaron: su registro desaparece poco después que el de los últimos mamuts. La Isla quedó así, durante siglos, como un recordatorio brutal de nuestra capacidad para alterar el entorno y, a la vez, de nuestra propia vulnerabilidad frente a una naturaleza que, al final, siempre reclama su soberanía. Pero el humano es un género que no se rinde tan fácilmente. 4,000 años después, el silencio ártico de la isla se vio interrumpido otra vez. En 1921 una expedición canadiense, motivada por ambiciones políticas y territoriales, desembarcó en la isla. El plan era sencillo: establecer una base para reclamar el territorio para el Imperio Británico. Los expedicionarios, sin embargo, se contaban con los dedos de una mano. Se trataba de cuatro exploradores norteamericanos y una joven inupiat llamada Ada Blackjack.
Ada no era una exploradora, no era una científica, ni una aventurera profesional. Fue contratada principalmente para coser ropa y cocinar para los cuatro hombres de la expedición. Cuando las condiciones se volvieron extremas y los suministros empezaron a fallar, la soberbia de los exploradores chocó contra la realidad implacable del Ártico. Mientras los hombres, atrapados en una mentalidad rígida y jerárquica, se desmoronaban ante el escorbuto y la mala gestión, Ada comenzó a hacer lo que los mamuts de Wrangel nunca pudieron: aprender a cambiar.
Los expedicionarios murieron uno a uno. La joven inuit, abandonada a su suerte y sin entrenamiento formal en supervivencia extrema, hizo lo impensado. Aprendió a cazar zorros árticos con trampas que ella misma reparaba, aprendió a manejar rifles, a estirar las pieles para mantenerse caliente y a gestionar sus escasas calorías. Donde los hombres fallaron por falta de flexibilidad cultural, Ada triunfó gracias a su capacidad de observación y su voluntad de transformarse en lo que el entorno exigía. Cuando fue rescatada dos años después, la historia de Ada no fue solo una nota de color en los periódicos de la época. Fue una lección evolutiva.
Si los mamuts de Wrangel son el ejemplo perfecto de adaptación biológica rígida (una maquinaria biológica increíble pero incapaz de cambiar cuando el mundo también lo hacía), Ada Blackjack fue el símbolo de la adaptación cultural humana. Los Homo sapiens no sobrevivimos porque seamos los más fuertes, ni porque tengamos los colmillos más grandes. Sobrevivimos porque nuestro código no está solo en nuestros genes, sino está en nuestra capacidad de imitar, de aprender y de transformar el entorno.
La Isla de Wrangel terminó siendo, finalmente, el teatro donde comparamos nuestra mayor vulnerabilidad y nuestra mayor fortaleza. La tragedia de los gigantes fue su incapacidad de ser algo más de lo que la evolución les dictó. Nuestro triunfo, aunque a menudo destructivo, ha sido siempre nuestra capacidad de convertirnos en lo que sea necesario para seguir existiendo.
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