Thorin, el último
Una historia triste.
Hola,
Te doy la bienvenida a Smilodon’t, un newsletter que cree que a veces sólo es mejor que mal acompañado.
La historia de nuestra relación con los neandertales es una cuestión controvertida y incómoda. Y lo es, fundamentalmente, porque el mango del cuchillo envenenado apunta irremediablemente a nosotros. En 1988, Christopher Stringer señaló que, casualmente, en casi todos los lugares donde arribamos los Homo sapiens, nuestros parientes cercanos desaparecieron al cabo de un poco tiempo. Esto parece bastante difícil de negar. Hasta donde sabemos, los sapiens llegamos a Europa hace unos 45,000 años, y el último neandertal dejaría este mundo apenas 10,000 años después. Stringer, además, se apoyaba en un hecho muy contundente. Un año antes, Rebecca Cann y su equipo demostraron que todos los humanos actuales descendemos de una población que vivió en África hace unos 200,000 años, algo que encajaba perfectamente con la idea de que los sapiens nos habíamos expandido por el mundo eliminando a los demás humanos.
Sin embargo, reducir esta transición a un proceso de exterminio sistemático supone ignorar la complejidad de las evidencias arqueológicas y, especialmente, los reveladores datos de la paleogenética.
A finales de la década del ‘90, Joao Zilhao y Erik Trinkaus, dos paleoantropólogos, plantearon una herejía. Algunos restos de humanos modernos encontrados, por ejemplo, en Peștera cu Oase (Rumania) y Lagar Velho (Portugal) recordaban ligeramente a los neandertales, razón por la cual sugirieron que los primeros sapiens llegados a Europa habían tenido ancestros neandertales recientes. Esta postura fue para muchos un completo disparate hasta que, en 2010, el biólogo sueco Svante Pääbo perfeccionó una técnica para leer fragmentos minúsculos de material genético degradado, y lo utilizó para secuenciar el genoma neandertal hasta un 60%. Una vez que tuvo este mapa genético, comparó el ADN neandertal como el de cinco personas actuales: un francés, un chino, un papú de Nueva Guinea, un africano del sur y uno del oeste. Su conclusión fue que todos los no-africanos compartían entre un 1% y un 4% de sus genes con los neandertales. No se habían extinto, al menos en el sentido biológico estricto. Viven en cada uno de nosotros, no en nuestros corazones sino en pequeñas piezas de nuestro material genético. Este descubrimiento, empero, planteaba más preguntas que respuestas. Después de todo, si no sustituimos a los neandertales, ¿qué pasó con ellos? Por otro lado, Zilhao señaló que, si los neandertales y los humanos modernos efectivamente se mezclaron, es porque se reconocieron mutualmente como personas.
Lógicamente, la evidencia genética hizo trastabillar un poco a los defensores de la sustitución. Si, efectivamente, algunos grupos humanos actuales conservan secuencias de ADN neandertal, eso abría la puerta para pensar otro tipo de relaciones, menos signadas por la violencia y más por el intercambio y la simetría. Por supuesto, siempre podemos pensar como Björn Kurtén y sugerir que, mientras que los neandertales tenían sexo con los sapiens por amor, estos últimos lo hacían por interés. Sin embargo, no hay pruebas ni de una cosa ni de la otra. Lo único que sabemos es que compartimos ADN, y quizás en esa escasa información se encuentre la respuesta que buscamos.
Recientemente, el paleoantropólogo Ludovik Slimak se refirió al descubrimiento de Thorin, nombre que recibió uno de los últimos neandertales, hallado en la cueva Mandrin, en Francia. Aparentemente, el análisis genético relevó que la población a la que este individuo pertenecía vivió aislada durante 50,000 años a pesar de encontrarse cerca de otros grupos neandertales. Hace algunos años, Kelley Harris y Rasmus Nielsen habían sugerido que, al vivir aislados en poblaciones muy pequeñas, los neandertales quedaron demasiado expuestos ante mutaciones genéticas nocivas que serían más fáciles de eliminar en poblaciones grandes. Slimak, sin embargo, ha trasladado el análisis desde lo meramente biológico hacia lo social y cultural, afirmando que los neandertales, a diferencia de los sapiens, no buscaban la expansión global, sino la pervivencia en un mundo local y profundo. Para el autor, el fin de los neandertales no fue el desenlace de una deriva genética, sino el final de una historia triste. Su hipótesis sugiere que la alteridad neandertal colapsó al encontrarse con una humanidad —la nuestra— que rompió sus esquemas de realidad. En ese choque, su sistema de valores solitario, local y replegado sobre sí mismo simplemente se desvaneció ante la lógica expansiva de la humanidad sapiens.
A mediados del siglo XIX, durante la Fiebre del Oro, los colonos estadounidenses masacraron a casi todos los Yana. Mientras que otros grupos indígenas intentaron asimilarse o fueron confinados en reservas, un pequeño grupo de cinco o seis personas decidió simplemente desaparecer. Aprendieron a caminar sobre piedras para no dejar huellas, a no romper ramas y a no encender fuegos que produjeran humo visible. Adaptaron su existencia entera para ser indetectables. Para Slimak, esto es lo que pudo ocurrir con grupos como el de Thorin: neandertales viviendo en el valle del Ródano, a pocos kilómetros de los sapiens, pero en una burbuja de aislamiento absoluto.
Por supuesto, esto no es más que una hipótesis, y la evidencia todavía parece apuntar a la desaparición de los neandertales como una combinación de factores climáticos, genéticos y de una competencia por los recursos que, de una forma u otra —y no necesariamente a través de la violencia física—, dejó a los sapiens mejor parados en términos de resiliencia y capacidad de adaptación. El giro de Slimak, sin embargo, plantea algo fundamental. No es necesario proyectar nuestros propios procesos de razonamiento y objetivos en los neandertales para reconocer su humanidad. Quizás deberíamos dejar de buscar su similitud con nosotros para humanizarlos y, en su lugar, reconocer su estatus humano desde su diferencia en lugar de intentar ignorarla.
Si te gusta lo que hago, te invito a colaborar con un cafecito , o también podés sumarte al sistema de suscripciones mensuales:
Para extranjeros, puede colaborar por PayPal: aquí
Ah, y ahora también tengo canal de YouTube y podcast.

