Ver para creer
'Mírame si quieres verte, porque imagen mía sos'.
Hola,
Te doy la bienvenida a Smilodon’t, un newsletter que afirma que ojos que no ven, primate que no alcanza a percibir la intencionalidad compartida.
La historia de la evolución humana es, en gran medida, una historia sobre cómo aprendimos a mirar diferente. Las transformaciones en nuestra visión reflejan lo que hemos sido y lo que podemos ser. Aquello que, originalmente, fue una herramienta para medir distancias y encontrar frutos se transformó luego en una mirada para explorar y percibir el horizonte y, finalmente, en un complejo sistema de comunicación visual.
La visión siempre fue, por así decirlo, un instrumento fuerte en nuestro linaje biológico. Cuando aun vivían los dinosaurios, nuestros antepasados primates pasaron millones de años siendo nocturnos para evitar convertirse en el alimento de los reyes de la Tierra. Tras su caída, los primates que comenzaron a salir de día se encontraron con un mundo lleno de información que sus ojos nocturnos -más adaptados a percibir la sensibilidad de la luz que los detalles- no podían procesar. Así, para detectar presas y alimentos, nuestros ancestros debieron desarrollar una visión tricromática para distinguir, por ejemplo, qué hojas eran tiernas y cuáles venenosas, y una zona central (la fóvea) para observar y seleccionar con mayor precisión los recursos antes que otros competidores. Esta misma capacidad es la que, hoy en día, nos permite realizar tareas que requieren una altísima precisión, como dibujar o cualquier trabajo que requiera motricidad fina.
Sin embargo, decir que nuestros ojos evolucionaron para sobrevivir, cazar y distinguir los colores de las frutas es una verdad a medias. Los humanos hemos utilizado nuestra capacidad visual para trascender el presente biológico e ir más allá de la mera supervivencia. “Miras, pero no observas”, le decía Sherlock a Waltson, refiriéndose al hecho de que no siempre prestamos atención a lo que nos rodea, aunque sea obvio, y esto es bastante cierto para la evolución de la visión humana. Durante millones de años, nuestros ojos buscaron capturar presas, distinguir colores y evitar colisiones. Pero, más allá del rojo de una fruta o el verde de la selva, también aprendimos a detectar el matiz de un rubor en la mejilla, la dilatación de una pupila o la dirección exacta de la mirada de los demás. En otras palabras, nuestra visión no sólo evolucionó por razones de supervivencia básica sino como resultado de la interacción con otras personas.
Mark Changizi ha sugerido que nuestros ojos no desarrollaron la capacidad de distinguir el rojo y el verde para detectar los colores de las frutas, sino las variaciones de la oxigenación de la sangre bajo la piel. En otras palabras, los motivos detrás de nuestra visión tricromática no serían percibir los colores del entorno, sino el estado fisiológico y emocional de otros humanos a través de la piel, como el rubor de la vergüenza, la palidez del miedo o la coloración amarilla de la enfermedad. La hipótesis de Changizi, que es polémica por varios motivos, sugiere que los tres conos de nuestro ojo están sintonizados de forma matemáticamente exacta para detectar las variaciones espectrales de la hemoglobina en la sangre bajo la piel, pudiendo distinguir si alguien está avergonzado, enojado o enfermo. No estoy tan seguro de que esto sea así y, quizás, como muchos hechos en la evolución, esta capacidad haya sido una consecuencia inesperada de una adaptación anterior. En otras palabras, no es descabellado sugerir que nuestros antepasados pueden haber desarrollado la visión tricromática para procesar mejor el entorno y, posteriormente, nosotros hayamos ‘re-utilizado’ esa adaptación para percibir consecuencias físicas de las emociones.
Sin embargo, su idea es muy interesante porque sugiere un origen social de algunas adaptaciones del ojo, algo que deberíamos considerar seriamente. Ya en la década del ’90 el psicólogo Michael Tomasello comparó niños con chimpancés en una investigación realizada en el instituto Max Planck de Alemania, y llegó a una conclusión similar. Según su hipótesis, nuestros ojos evolucionaron para ser anatómicamente llamativos y poder ser ‘leídos’ por otros. Los humanos, después de todo, tenemos la ‘parte blanca del ojo’ (estroma) muy visible, a diferencia de los demás primates que tienen escleróticas oscuras o marrones. Tomasello argumentó que esto evolucionó para que podamos seguir a los demás con la mirada puesto que, si yo puedo ver exactamente a dónde miran otras personas, es más fácil coordinar cualquier acción conjunta sin necesidad de hablar. Y este es, en algún sentido, la base de la cultura y el lenguaje. No sólo estamos viendo el mundo, sino asegurándonos de estar viendo lo mismo.
A primera vista, esto podría parecer una desventaja en términos de supervivencia. Exponer la mirada significa, después de todo, perder la capacidad de engañar. Tomasello observó que, en un entorno de competencia pura (como el de los chimpancés) ocultar la mirada es muy importante para proteger información valiosa sobre comida, parejas o ubicaciones secretas. Para los humanos, esa vulnerabilidad fue el precio que pagamos para una ventaja mayor: reconocer las emociones ajenas. En algún punto, nuestra visión dejó de ser un simple sentido de supervivencia individual para pasar a convertirse en la base de la empatía, y quizás también de la desconfianza. De hecho, tenemos una zona específica, el Área Fusiforme de las Caras, dedicada casi exclusivamente a reconocer detalles en los rostros ajenos. Esta es también razón por la cual detectamos ‘rostros en las nubes y en otros objetos del entorno que definitivamente no lo tienen. Para nosotros, es mejor ver una cara donde no la hay que no darnos cuenta de un rostro enemigo asechando.
Por otro lado, es fundamental no caer en el determinismo biológico. Algunas investigaciones buscan explicar nuestras capacidades visuales actuales en función de su evolución durante el Pleistoceno, llegando a conclusiones apresuradas o reduccionistas sobre cuestiones tales como las supuestas diferencias entre la visión de los hombres y las mujeres. Este tipo de razonamiento aparece, por ejemplo, entre quienes afirman que los hombres pueden observar con mayor facilidad objetos en movimiento por haberse dedicado a la caza en el pasado, mientras que las mujeres perciben mejor ciertos detalles por los miles de años dedicadas a la recolección. Esto no sólo va en contra de todos los estudios realizados los últimos treinta años acerca de la división sexual del trabajo en la prehistoria, sino también la plasticidad de nuestro sistema nervioso y la capacidad de los seres humanos para entrenar la visión en un tiempo relativamente corto.
La neurocientífica Gina Rippon ha explicado que no existe un ‘cerebro rosa’ o un ‘cerebro azul’ con capacidades visuales predeterminadas de fábrica, sino que lo que existe es un cerebro altamente adaptable que se moldea a través de la experiencia. En otras palabras, si los niños son socializados con actividades y juguetes que fomentan la visión espacial y el seguimiento de objetos rápidos, mientras que se orienta a las niñas hacia estímulos de detalle, socialización y percepción de colores, es de esperar que sus circuitos visuales se especialicen de forma distinta. No se trata, pues, de una diferencia de la naturaleza, sino de una especialización por uso. Los estudios que pretenden demostrar la existencia de una diferencia biológica, generalmente, no son concluyentes por analizar grupos demasiado pequeños (de no más de 50 personas) y, por otro lado, ignoran los casos donde las mujeres detectan mejor el movimiento y los hombres la sensibilidad del color.
Al final del día, “miramos, pero no observamos” si nos quedamos sólo con la biología. La evolución nos dio una visión capaz de percibir los sutiles matices del entorno, pero son nuestras intenciones y nuestra voluntad las que deciden qué hacemos con esa información. Los seres humanos hemos transformado las ondas de luz que percibíamos en significados. A través de la cultura, no sólo distinguimos rostros y seguimos atentamente la mirada ajena sino que, a partir de ello, preguntamos a los demás qué clase de mundo observan cuando abren los ojos.
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